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Como D

Viernes, Noviembre 27

Eryxias sive De divitiis

Creo que fue Wieland quien dijo que los pensamientos de los hombres valen más que sus acciones, y las buenas novelas más que el género humano. Podrá esto no ser verdad; pero es hermoso y consola­dor. Cierta­mente, parece que nos ennoblece­mos trasladándonos de este mundo al otro, de la realidad en que somos tan malos a la ficción en que vale­mos más que aquí, y véase por qué, cuando un cristiano el hábito de pasar fácil­mente a mejor vida, inventando personas y tejiendo sucesos a imagen de los de por acá, le cuesta no poco trabajo volver a este mundo. También digo que si grata es la tarea de fabricar género humano recreándonos en ver cuánto supe­ran las ideales figurillas, por toscas que sean, a las vivas figuronas que a nuestro lado bullen, el regocijo es más intenso cuando visita­mos los talleres ajenos, pues el andar siempre en los propios trae un desa­sosiego que amengua los placeres de lo que llama­re­mos crea­ción, por no tener mejor nombre que darle.

Ilustración

Esto que digo de visitar talleres ajenos no significa precisa­mente una labor crítica, que si así fuera yo aborrecía tales visitas en vez de amar­las; es recrearse en las obras ajenas sabiendo cómo se hacen o cómo se intenta su ejecución; es buscar & sorprender las dificultades vencidas, los aciertos fáciles o alcanza­dos con poderoso esfuerzo; es buscar y satisfacer uno de los pocos placeres que hay en la vida, la admira­ción, a más de placer, necesidad imperiosa en toda profesión u oficio, pues el admirar entendiendo que es la respira­ción del arte, y el que no admira corre el peligro de morir de asfixia.

El estado presente de nuestra cultura, incierto y un tanto enfermizo, con des­alientos y suspicacias de enfermo de aprensión, nos impone la crítica afirmativa, consistente en hablar de lo cree­mos bueno, guardándonos el juicio desfavorable de los errores, desa­ciertos y tonte­rías. Se ha ejercido tanto la crítica negativa en todos los órdenes, que por ella quizás he­mos llegado a la insana costumbre de creernos un pueblo de estériles, absoluta­mente inepto para todo. Tanta crítica pesimista, tan porfiado regateo, y en muchos casos nega­ción de las cualidades de nuestros contemporáneos, nos han traído a un estado de temblor y ansiedad continuos; nadie se atreve a dar un paso, por miedo de caerse.


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