Se eleva

porque es liviano

Escribir

Es sin duda muy ins­truc­tivo es­cri­bir res­pecto
de lo que no se quiere ser por nada del mundo
sino bajo la ima­gen du­dosa de lo que se desea devenir.”

En me­dio del tu­multo de mi­nia­tu­ras pro­di­gio­sas del Sa­cra­men­ta­rio de Ge­llone, dos fi­gu­ras se opo­nen, verso y recto de fo­lios dis­tin­tos, de tal forma que no de­jan ab­so­lu­ta­mente nada en­tre ellas.

La garza verde se yer­gue de­ci­dida so­bre una pla­ta­forma des­co­no­cida, un blo­que que la es­ta­tura del ave sim­ple­mente ne­ce­sita para es­tar ahí, un error que debe per­ma­ne­cer se­creto para fun­cio­nar. Su pos­tura brava le re­co­rre el cuerpo desde ese ob­jeto ig­noto, y al lle­gar al cue­llo se do­bla, la ca­beza gira y atrapa un pe­dazo de sí en el pico, vol­viendo so­bre sí misma.

El pez na­ranja, re­cos­tado so­bre un ob­jeto va­cío, un frag­mento de nada, en­gu­lle al pez blanco desde atrás. El pez blanco, ate­rrado, ataca el ob­jeto va­cío, como en­con­trando el lu­gar exacto en el que la cir­cu­la­ri­dad se quie­bra. Un viaje mor­tal sin retorno.

La di­cha de la garza es la des­gra­cia de los pe­ces, pero la bra­vura de éstos es ape­nas un sueño para aque­lla. Y es que en­tre la fe­roz y ele­gante cir­cu­la­ri­dad que se apoya en la so­li­dez que flota en lo irreal, y la sor­presa irre­ver­si­ble de los pe­ces en lu­cha que se arro­jan a la eva­nes­cen­cia, no se in­ter­pone nin­guna re­la­ción, nin­guna unión. O es la garza, eterno re­torno de lo que se sos­tiene en lo im­po­si­ble, o son los pe­ces, ida sin re­greso ha­cia lo im­po­si­ble. Son dos fi­gu­ras: el dos aquí es el que vive en su con­tra­dic­ción, el que se une en se­pa­ra­ción, el que se con­trae siem­pre sin que­brarse nunca.Verso y recto de las ho­jas del libro.

Es en la dis­tan­cia im­pre­de­ci­ble en­tre la garza y los pe­ces donde la es­cri­tura ha­bita. Es el lu­gar donde se es­cri­ben to­das las his­to­rias, la im­prenta de to­das las vo­ces. En los jar­di­nes de la li­te­ra­tura reina el des­equi­li­brio: las gar­zas, en­ga­ña­das, se ahor­can a sí mis­mas; los pe­ces, com­ba­tiendo sin tre­gua, des­tru­yen el lu­gar re­gre­sando al nulo ori­gen, la falta se­creta ha­cia lo que todo se mueve. La teodicea.